Mando y gobierno devaluados
En septiembre de 2023, López Obrador concibió un proceso de sucesión mediante una pastorela pagana.
Seis peregrinos tenían que disputarse la simpatía popular, y al final ganó quien el señor quería.
Cuando esto sucedió, y para más simbolismo en un restaurante llamado El Mayor, AMLO entregó el bastón de mando a Claudia Sheinbaum.
Pasados tres años de eso, ¿manda la presidenta? En la elección de 2024 Sheinbaum obtuvo casi 36 millones de votos.
Un respaldo popular más allá del obradorismo.
Y desde octubre de ese año mantiene aprobación en las encuestas publicadas.
En diez días comienza su tercer ciclo anual como presidenta.
El balance del primer tercio de Claudia en Palacio Nacional se compone de templanza ante foráneos, duro embate a opositores y prensa, y tibieza ante los suyos.
Su carácter sale a relucir en los lances con Donald Trump, mientras que su temperamento marca sus expresiones contra medios y opositores.
Esa Sheinbaum juiciosa y estricta no se ve por ningún lado en los asuntos del obradorismo.
Es como si entendiera el mandato de la elección y su popularidad como un voucher que ampara la impunidad de cuadros de Morena.
A lo largo de 24 meses la presidenta se ha ido haciendo de posiciones clave dentro de un gabinete donde estaban sembrados personajes heredados por Andrés Manuel.
Salvo en el caso de la Fiscalía General de la República y el Unidad de Inteligencia Financiera, donde despachó a los anteriores titulares, en otros Sheinbaum buscó salidas intermedias que le hacen ver titubeante.
Por ejemplo, el senador Adán Augusto López fue orillado a dejar el liderazgo de la bancada morenista; pero su peso dentro del partido es aún relevante: le encargan una de cinco circunscripciones electorales, y por lo visto en mensajes captados hace días por un fotógrafo, aún decide en el Senado.
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