Mirador 10/10/2026
San Virila salió de su convento esa mañana y tomó el camino de la aldea.
Iba a buscar el pan para sus pobres.
El día era radiante.
Brillaba un sol benévolo y soplaba una brisa musical.
El prado estaba matizado de flores, y sobre ellas zumbaban los colibrís y las abejas.
A lo lejos se oían risas de muchachas, canciones de mancebos y voces infantiles que en la escuela recitaban las tablas de multiplicar: “Dos por una dos; dos por dos cuatro; dos por tres seis...”.
En la aldea San Virila pidió el pan.
Los humildes le dieron; los altaneros no. –Haz un milagro –le pedían todos. –Yo no los hago –sonreía él.
Caía ya la tarde cuando el frailecito regresó al convento.
El padre portero le preguntó: –¿Qué milagro hiciste hoy? Respondió San Virila: –Hice el milagro de no hacer ningún milagro. ¡Hasta mañana!...
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