Moquetes y remoquetes
Hay gente muy buena para poner apodos.
A mí de joven me decían “el Wildrot”.
El mote me lo infligió Salvador Flores Guerrero.
Había una brillantina de la marca Wildroot.
En sus anuncios aparecía un galán de pelo engominado, como Gardel o Valentino.
Un gato podía resbalarse por esa cabellera perfectamente lisa que semejaba pulidísima obsidiana.
A mis 18 años yo lucía melena de anarquista o bohemio.
Andaba todo desgreñado.
Por eso aquello de “el Wildrot” que me asestó el inolvidable Chava Flores.
Hablando de apodos, a una muchacha feíta le decían “La culpa”: nadie se la quería echar.
A cierto tipo chaparro y muy moreno lo llamaban “el Aurrerá”, porque no era Gigante ni Blanco.
Una señora de Arteaga era “la Pinta”.
Cuando le comentaban que se parecía a Fulano o a Mengana respondía siempre: “Díganme la pinta”.
Le cumplieron los arteaguenses el deseo, y acabaron por llamarla así: la Pinta.
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