Aviso matrimonial
En la habitación número 210 del Motel Kamawa la damisela se sorprendió al ver que en el atributo que su galán se disponía a usar tenía tatuado el dibujo de una cigüeña que llevaba por el aire a un bebé.
“No hagas caso –le dijo el tipo a la muchacha–.
Mi esposa hizo que me tatuaran eso ahí, dizque para asustar a mis posibles amiguitas”...
La mamá de Dulcibel quería enseñarla a cocinar.
Le dijo: “Al hombre se le conquista por el estómago”.
Acotó ella: “Mi novio tiene aspiraciones más bajas”...
El señor llegó al domicilio conyugal en hora ya avanzada de la noche.
Desde el lecho, su esposa le reprochó, severa: “¿Qué horas de llegar son éstas?”.
Con otra pregunta respondió el señor, furioso: “¿Qué hace ese individuo en mi cama al lado tuyo?”.
Ripostó la señora: “No me cambies la conversación. ¿Qué horas de llegar son éstas?”...
Un pordiosero en el último grado de la miseria tuvo la buena suerte de encontrar una cartera que a alguien se le había caído.
Se embolsó los billetes: la necesidad carece de ley, o como el pueblo dice más expresivamente: la necesidad tiene cara de hereje.
El pedigüeño se dirigió de inmediato a su paupérrima vivienda, feliz por el venturoso hallazgo.
En el camino pasó por la casa de mala nota del lugar.
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