Europa y la guerra en Ucrania
Por Joschka Fischer, Project Syndicate.
BERLÍN- Ya han pasado cuatro años y medio desde que Rusia lanzó la invasión a gran escala y no provocada de Ucrania, y todavía no hay un final a la vista.
Lo que al principio parecía una “operación especial” que terminaría en cuestión de días (o semanas, como mucho) se ha convertido en una guerra de desgaste sin final aparente.
Al comenzar la guerra, los países occidentales (sobre todo Estados Unidos y sus aliados europeos de la OTAN) formaron un frente unido en apoyo de Ucrania.
Pero desde la reelección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, ha habido un drástico deterioro de la situación política, y Estados Unidos ya no se comporta como líder mundial ni como potencia responsable.
Aunque la administración Trump no haya anunciado una retirada formal de la OTAN o de la coalición que apoya a Ucrania, limitó en gran medida su participación y anunció una marcada reducción de su presencia militar en el continente europeo.
Felizmente, los miembros europeos de la OTAN llenaron el vacío resultante y reafirmaron su “ solidaridad con Ucrania ”.
Además, la creciente fortaleza de Ucrania en el campo de batalla, impulsada sobre todo por los avances en la tecnología de drones y misiles local, sumados a la continuidad del suministro de datos satelitales estadounidenses, le permitió cambiar el curso de la guerra.
Pero el Kremlin es consciente de la importancia de los suministros de Europa Occidental a Ucrania y está tratando de interrumpirlos mediante la guerra híbrida, ya sea con intentos de influir en los resultados electorales en Europa o lanzando ataques encubiertos contra puntos clave de la cadena de suministro.
De modo que Europa debe dar por sentado que cuanto menos avance Rusia en el campo de batalla, más problemas políticos internos tendrá el presidente ruso Vladímir Putin y más intentará Rusia extender la guerra a Europa.
Sólo en las últimas semanas, hemos sido testigos de una explosión e incendio (casi con certeza un acto de sabotaje) en una fábrica de armas italiana perteneciente a la empresa franco‑alemana KNDS, a lo que poco después se sumó un intento de ataque con drones contra un avión de transporte Antonov aparcado en el aeropuerto de Leipzig. (Felizmente, un fallo técnico frustró el segundo ataque, pero fue pura suerte).
Hay que destacar que estos hechos se produjeron justo cuando la debilidad de Estados Unidos como superpotencia comenzaba a estar a la vista de todos.
En la práctica, Trump perdió la guerra que él mismo eligió librar contra Irán, y ahora está desesperado tratando de desmentir las informaciones que indican que a Estados Unidos se le están acabando rápidamente las reservas de munición y misiles.
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