Una cueva en Cantabria estuvo sellada durante 16,800 años: en su interior encontraron una casa de la Edad de Piedra con 4,600 objetos
El cine nos acostumbró a asociar los grandes descubrimientos arqueológicos con reliquias doradas o enigmas al estilo de Indiana Jones .
Sin embargo, los hallazgos más extraordinarios de la ciencia suelen tener una naturaleza distinta.
En Cantabria, España, el yacimiento de La Garma representa con exactitud esa otra clase de tesoro: una auténtica cápsula del tiempo sellada hace unos 16,800 años que permite entender cómo vivían nuestros antepasados en su día a día.
El acceso a la caverna quedó totalmente clausurado por un colapso rocoso al término de la última glaciación.
Gracias a ese aislamiento absoluto, el espacio permaneció intacto hasta que un grupo de investigadores logró redescubrirlo en 1995. {"videoId":"xa50mra","autoplay":true,"title":"Xiaomi 17 Ultra vs Galaxy S26 Ultra", "tag":"Xiaomi", "duration":"19"} Lo que apareció adentro no fue solo un depósito aislado de artefactos, sino un asentamiento habitacional completo: una cabaña del Paleolítico que la Universidad de Cantabria ha documentado para reconstruir las rutinas, descansos y labores cotidianas de quienes la habitaron.
Un refugio prehistórico congelado en el tiempo La vivienda fue levantada por cazadores-recolectores que aprovecharon las formaciones rocosas y estalagmitas del entorno como soporte para erigir una estructura con postes y pieles.
En el centro del habitáculo aún se aprecian los restos de una fogata alrededor de la cual giraba la vida doméstica.
En torno a ese fogón se hallaron evidencias claras de confección de instrumentos, procesamiento de pieles y un total de 4,614 piezas distribuidas por el suelo.
Esta acumulación convierte a La Garma en uno de los hábitats paleolíticos mejor conservados del planeta.
El registro material incluye herramientas líticas de sílex, como puntas de lanza y arpones.
Junto a ellas, los restos óseos revelan que la alimentación de este grupo de hace más de 15,000 años dependía de presas como ciervos, caballos salvajes y bisontes.
Entre todos los objetos descubiertos destaca uno en particular: un hueso de uro —el antepasado extinto del toro doméstico— cuidadosamente perforado y decorado con la figura del animal y un rostro humano, utilizado a modo de colgante.
Un vestigio que confirma la sofisticación técnica y simbólica de la humanidad mucho antes del inicio de la historia registrada.
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