Café Montaigne 417: Hemingway, una obra para saborear
– Jesusito en Chihuahua.
Oye, babas, ¿por qué sabes tanto de todo? Mira que te admiro y respeto, aunque seas un viejo para mí.
Y no te enojes, usted me lo ha dicho infinidad de veces.
Así que ahora se aguanta, señorito Jesús.
La verdad, creo que estoy enamorada de ti, flaco.
Cuando veo a muchachos muy jóvenes en el restaurante o cuando salgo con mis compañeras y compañeros de trabajo a diversos lugares, la verdad digo: “¿cómo pueden platicar ese tipo de pendejadas y reírse así?”.
Mira, no los critico, pero usted ya me tiene de su lado, con sus charlas, libros, música y palabras.
Me has conquistado, pedazo de animal.
Ni se me antoja estar o conocer a un joven, aunque estén todos guapos y sin pelos en la cara ni en el pecho como tú, simio guapo...
Le reviré a la güera caramelo mientras disfrutábamos un vino tinto de dudosa estirpe en el Gran Hotel Ancira, en Monterrey.
Ese día llegó temprano el pianista, nos hizo una reverencia, nosotros correspondimos igual y le mandé una servilleta con un poco de pesos envueltos y el siguiente recado: “Maestro, ojalá pueda tocar algo de jazz, como siempre.
Usted es el genio y artista, pero si trae algo de Art Tatum , gracias”.
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