El regreso de López Obrador
Desde hace unas cuantas semanas, el expresidente Andrés Manuel López Obrador regresó a la Ciudad de México.
Dejó de sentirse seguro en su búnker en Palenque, resguardado por el Ejército y donde, si alguien quería hablar con él, tenía que visitarlo.
El miedo de lo que Estados Unidos podía hacer con su hijo Andrés, de quien había trascendido que estaba siendo investigado en Estados Unidos, ya no se contenía con el sólo hecho de haberle dado una cobertura inicial cuando renunció a la Secretaría de Organización de Morena para un repliegue estratégico.
Volvió para preparar nuevas estrategias y escuchar opiniones sobre qué podría hacer para protegerlo.
Una de las consideraciones que se hicieron, cuando aún estaba en Palenque, fue la de protegerlo enviándolo a un país “fuera del alcance” del gobierno de Estados Unidos.
Los únicos países que consideraron que cumplían con esa condición eran Rusia y China, porque Cuba, Venezuela y Nicaragua no parecían opciones.
Brasil tampoco era una alternativa, porque el presidente Luiz Inácio Lula da Silva tiene a su propio Andy, su hijo mayor Fábio Luís Lula da Silva, “Lulinha”, aunque, a diferencia de lo que pasa en México, este sí enfrenta una investigación por presunto tráfico de influencias y corrupción.
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