La vida es breve, etcétera: adelanto del nuevo libro de relatos de Veronica Raimo
En la escuela primaria tuve una maestra muy devota.
Tan devota que se llamaba Devota.
Era una mujer pequeñita, con la palidez típica de los católicos convencidos, una tez que se alimenta de las privaciones y el miedo.
La maestra Devota nos hacía rezar todas las mañanas antes de clase; insistía en particular en la oración dirigida al Niño Jesús.
Era una oración carente de métrica, carente de ritmo y carente de versos memorables.
Hoy tengo la sospecha de que se la había inventado ella, pero el caso es que, si busco en Google “oraciones para el Niño Jesús”, no encuentro nada mejor en línea; yo diría que es un espacio de experimentación poco explotado aún.
En clase había un niño judío que no quería rezar con nosotros.
La maestra Devota intentaba convencerlo todos los días: —Así vas a hacer llorar al Niño Jesús. —Es que yo no creo en el Niño Jesús. —Así vas a hacer llorar también a la Virgen. —Es que tampoco creo en la Virgen.
Y así seguían durante un buen rato, hasta que la maestra Devota rezaba a Dios para que lo perdonara y lo eximía del ritual.
Él se quedaba sentado en el escritorio con los brazos cruzados, mientras todos los demás rezábamos de pie al Niño Jesús.
No sé cuáles serán los efectos psicológicos de una práctica repetida de esa manera durante cinco años, pero son preguntas que nadie se hacía en aquel entonces.
La maestra Devota, en su devoción, había instituido otras prácticas, incluida la concesión de premios al final del curso a los niños más destacados.
Eran el Premio Italiano, el Premio Matemáticas, el Premio Geografía, el Premio Historia, el Premio Ciencias y el premio más codiciado de todos: el Premio Generosidad.
Sobre su escritorio, tenía un frasco para donaciones destinadas a los “huérfanos de la Iglesia”.
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