El cuarto piso
En el cúmulo de experiencias que definen al mexicano, llegar al “cuarto piso” ocupa un lugar especial.
La expresión engloba esa dualidad que muchas veces abarca la esencia de esta tierra: broma y vértigo en proporciones análogas, aunque también una moraleja arquitectónica con cierta profundidad existencial.
Ninguna construcción inicia por el cuarto piso, hay que erigir primero cimientos, columnas y una planta baja que en algún momento se echa a andar sin saber lo que habrá encima.
A partir de hoy y durante la próxima década habitaré mi propia versión del cuarto piso y, si pudiera elegir una sola palabra para envolver estos primeros cuarenta años, solo podría escoger agradecimiento.
En este espacio suelo escribir sobre tasas de interés, déficits, crecimiento y trayectorias de deuda.
Sin embargo, como sugieren los conversadores más amenos, hoy me permito una licencia: reflexionar sobre aquello que definimos como valioso.
En un tiempo donde ese concepto está cambiando de forma acelerada resulta indispensable recordar de dónde viene aquello que en un mercado no se podría intercambiar.
Como ocurre en una construcción, corresponde iniciar con los cimientos.
El día antes de que yo naciera, mi mamá cocinó un mole almendrado, receta oaxaqueña de paciencia y almendra tostada, para celebrar el aniversario de bodas de mis abuelitos.
Llegué al mundo, entonces, en medio de una fiesta por un amor longevo que supo guiarme, al menos, dos décadas más.
Con los años he entendido que no hay mejor manera de nacer: como testigo de una historia de cuidado que empezó mucho antes que uno.
Como sugiere Borges “por los ríos secretos e inmemoriales que convergen en mí”.
A mi mamá le debo la vida y, con ella, la primera lección: el amor se prepara con el sigilo y tiempo necesarios.
A mi papá, por su parte, le debo algo igual de difícil de medir: la compañía.
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