¿La ONU sigue vigente?
“Restaurar la confianza y gestionar la transformación a fin de que las Naciones Unidas generen resultados para todos”.
Con ese lema arrancó el debate general de la 81 Asamblea General de la ONU, con cerca de 130 líderes reunidos en Nueva York en medio de guerras, tensiones y crisis humanitarias.
Suena a confesión: una organización que se propone recuperar la confianza sabe que la ha perdido.
Si cuestiono la vigencia de la ONU, no es por principios caducos, sino porque su arquitectura de poder permite que quienes la sostienen también la paralicen.
Recordemos que nació como respuesta a la Segunda Guerra Mundial y al fracaso de la Sociedad de las Naciones.
El Holocausto fue su trasfondo moral, y de él surgieron la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Convención contra el Genocidio.
Su promesa fue preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra.
Ochenta años después, no ha habido tercera guerra mundial, pero las guerras no han cesado, y muchas han sido libradas o protegidas por las mismas potencias que tienen el veto.
La ONU ha funcionado como espacio de contención entre titanes, pero no les ha impedido hacer la guerra a los demás.
El problema puede ser de origen estructural.
En la Asamblea General, cada país tiene un voto, sin importar su tamaño o su economía; pero en el Consejo de Seguridad —el órgano vinculante en materia de paz y seguridad— cinco vencedores de 1945 conservan el veto: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido.
Y ese candado se ha hecho valer.
En junio y septiembre de 2025, Estados Unidos vetó resoluciones que exigían un alto al fuego en Gaza.
Rusia, a su vez, ha vetado las resoluciones sobre Ucrania desde 2022.
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