Enamorarse también es aprender a perder
—Hay cosas para las que no estamos listas —dice una madre apesadumbrada—.
Ver llorar a tu hijo por una chica… ¿cómo lidias con eso? —Quizá los padres de ella piensen igual —interviene el padre. ¿Qué debemos hacer ante el duelo de una relación adolescente ? Porque ellos lo viven así.
Debemos explicarnos, con cierta cautela, que el descubrimiento afectivo en el ser humano va de a poco.
El bebé, en un entorno amable, se sentirá querido por sus progenitores.
Ese amor será constitutivo: le dará certeza de vida y, en muchos casos, será un referente emocional.
El cariño forja, junto con la disciplina, el carácter y la identidad.
Pero, desde la infancia hasta la pubertad, damos por sentados los afectos en los menores.
Su cariño, a pesar de los momentos de enojo, será recíproco y corresponderá al de su entorno; sin embargo, con el disparo hormonal de la pubertad y la adolescencia, las cosas cambian.
Los afectos se viven con una intensidad que parece definitiva .
Se maneja un automóvil de Fórmula 1 con la experiencia de quien está aprendiendo a conducir .
Y si bien las respuestas son esperadas, las preguntas que plantea la mayoría de los padres son relevantes: ¿cómo acompañar el enamoramiento? ¿Es necesario prohibirlo, retrasarlo? ¿Se puede administrar, negociar? El despertar sexual implica una alta responsabilidad y suele estar acompañado del pudor de los cuidadores y del silencio en torno a los cuidados.
Pero quizá el mayor reto de la adolescencia sea aprender a gestionar los duelos, los rechazos y los acercamientos propios de las primeras relaciones.
Como advertía Erich Fromm, amar no es aferrarse al otro desde la necesidad, sino reconocerlo en su libertad .
El cariño, llevado al extremo, puede convertirse en un riesgo: ver como catastrófico el alejamiento del ser amado o interpretar el rechazo en una relación como la invalidación misma de la persona.
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