La antropología del agua (fragmentos), de Anne Carson
El agua es algo que no se puede sujetar.
Como los hombres.
Lo he intentado.
Padre, hermano, amante, amigos auténticos, fantasmas hambrientos y Dios: uno tras otro se han ido entre mis manos.
Quizá así es como debe ser: lo que los antropólogos llaman “riesgo normal” en el encuentro con culturas ajenas.
Fue un antropólogo el primero que me habló del riesgo.
Subrayó la importancia de usar “encuentro” en lugar de (digamos) “descubrimiento” al abordar tales cuestiones.
“Piensa ––dijo–– que es como la diferencia entre creer lo que quieres creer y creer lo que se puede demostrar.” Lo medité.
“No quiero creer en nada”, dije. (Pero mentía.) “Y no tengo nada que demostrar.” (De nuevo mentía.) “Lo único que me gusta es viajar por el mundo y detenerme a mirar lo que yace bajo el cielo.” (Esto, de hecho, es verdad.) En este punto, él mencionó con crueldad una cultura que había estudiado y en la que las vírgenes verdaderas y falsas se identifican mediante un suplicio de agua.
Una virgen intacta puede desarrollar la habilidad de bucear en las profundidades; una mujer que ha conocido el amor, por el contrario, terminará por ahogarse. *** Creo que fue Kafka quien tuvo la idea de atravesar Europa nadando, río tras río, y planeó hacerlo con su amigo Max.
Su salud, por desgracia, no se lo permitió.
De modo que empezó a escribir una parábola sobre un hombre que nunca había aprendido a nadar.
Una fría tarde de otoño, el hombre regresa a su pueblo natal para verse aclamado por un triunfo olímpico en nado de espalda.
En medio de la calle principal se ha instalado un podio.
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