Éramos muy felices. No nos habíamos dado cuenta
En una reunión, hace tiempo, mi amiga Maite Lot dijo una frase que se me quedó muy grabada: “Éramos muy felices.
No nos habíamos dado cuenta.” Me dejó mucho que pensar.
Esas siete palabras tienen la precisión de las verdades que uno reconoce de inmediato — no porque sean nuevas, sino porque ya las sabía sin haberlas formulado nunca tan bien.
Me quedé reflexionando sobre la frase de Maite que, en primera instancia, habla de la vida personal.
De esos períodos que solo se revelan como extraordinarios cuando ya terminaron.
La juventud que se vivió con prisa.
Los hijos pequeños que crecieron mientras uno trabajaba.
Las conversaciones con personas queridas que en su momento parecían ordinarias y que hoy, desde la distancia, se revelan como momentos irrepetibles.
La felicidad, con frecuencia, no se anuncia.
Llega sin etiqueta y se va sin despedirse.
Hay algo en la naturaleza humana que nos hace mirar hacia adelante con más intensidad que hacia el presente.
Siempre hay una meta, un proyecto, una etapa siguiente que parece más importante que la que estamos viviendo.
Y así, sin querer, convertimos el presente en un trámite hacia el futuro — y cuando el futuro llega, ya es presente, y volvemos a mirarlo como trámite.
“No hay nada más triste que darse cuenta tarde de lo que uno tuvo.” — C.R.G.
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