Fascinación por entender el comportamiento humano
Hay vidas que no se entienden sin la presencia constante de la religión, aunque la fe al final tome caminos inesperados.
En San José de Gracia, un pequeño pueblo de los Altos de Jalisco, el tiempo no pasa según las horas habituales del reloj, sino a través de una procesión infinita de santos y fiestas patronales.
Ahí nació José Rivelino Moreno Valle, donde la devoción católica convive con la inmensidad del campo, donde la tierra se extiende libre, sin altares.
A Rivelino lo crió su abuela, una mujer nacida en 1921 que había vivido en carne propia los estragos de la Guerra Cristera y que representaba la profunda fe de la región.
El niño creció rodeado de mujeres: su abuela y las hermanas de esta, sus tías y sus madrinas formaron el núcleo diario de su infancia.
En su entorno, los hombres eran secundarios.
Su joven madre se resistía a la rigidez de las costumbres religiosas del pueblo.
Por eso se marchó a trabajar como niñera a Estados Unidos, siguiendo la tradición migratoria que marca a casi todas las familias de los Altos.
Su papá se fue con ella, dejando al niño al cuidado de la abuela.
A los cinco años, la vida de Rivelino se transformó cuando sus padres regresaron por él.
Esperaban el nacimiento de su hermana y se mudaron a la Ciudad de México.
El choque fue tan inmediato como doloroso.
Quedó atrás el paisaje de campo lleno de colores intensos –el cielo azul, las nubes blancas y el suelo rojo del agave– y el niño fue instalado en el gris de la urbe.
La familia se estableció en el barrio de Peralvillo, una zona ruda, colindante con Tepito y la colonia Guerrero.
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