El costo que nadie quiere pagar
Un medicamento de alto costo puede estar financiado y, aun así, convertirse en un problema presupuestal para el hospital que debe administrarlo.
La razón parece contradictoria: el tratamiento puede estar cubierto, pero todo lo que ocurre alrededor del paciente —consultas, estudios, hospitalizaciones, cirugías o atención de otras enfermedades— tiene que salir de alguna parte.
Y muchas veces sale del presupuesto de la propia institución.
El doctor Luis Carbajal, médico internista del Instituto Nacional de Pediatría (INP), me explicó recientemente una parte poco visible de la atención de pacientes con enfermedades raras.
En su institución, señaló, el desabasto de terapias para enfermedades lisosomales es reducido y existe seguimiento constante de las existencias.
El problema aparece cuando observamos el sistema completo y preguntamos quién paga todo lo demás.
Carbajal lo resume mediante un concepto conocido por cualquier administrador hospitalario: comorbilidad.
Si un niño recibe una terapia financiada por el gobierno, pero además desarrolla una neumonía, necesita una radiografía, una intervención quirúrgica o cualquier otra atención, esos gastos recaen en la institución que lo atiende.
Una cifra permite dimensionar el problema.
Hace dos o tres años, recordó, el Instituto Nacional de Pediatría llegó a gastar alrededor de 45 millones de pesos en comorbilidades de estos pacientes, no en los tratamientos específicos para sus enfermedades.
Son recursos que deben competir con muchas otras necesidades dentro de presupuestos hospitalarios limitados.
Ahí aparece una de las paradojas del sistema de salud.
Una institución puede tener frente a sí a un paciente diagnosticado y saber que existe tratamiento, pero también conocer que atenderlo implica recursos, infraestructura y especialistas que quizá no posee.
Algunas unidades terminan enviándolo a hospitales de mayor capacidad, particularmente institutos nacionales y centros médicos federales.
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