Cuando hablamos de democracia, ¿de qué hablamos?
La tienen difícil las oposiciones en México; sólo alcanzan a oponerse al gobierno de Claudia Sheinbaum, pero no logran establecer un proyecto que defina aquello que defienden.
No tienen una idea de nación que pueda generar expectativas positivas sobre las formas de mejorar la vida de los mexicanos en términos tanto materiales como libertarios y en el derecho de que toda participación sea tomada en cuenta.
Denuncian el autoritarismo, el “socialismo” de la 4T, decretan la ruina de las instituciones «democráticas», deploran la reforma del Poder Judicial, invocan un equilibrio ideal entre los poderes, denuncian la corrupción y todo, absolutamente todo, en nombre de su idea de «democracia».
Las oposiciones la tienen difícil ante el elemental principio de que la democracia no sólo debe ser un ideal; hablamos de la democracia como un valor, dice el actual alcalde de Nueva York, el socialista senegalés Zohran Mamdani —quien, por cierto, estuvo presente en la celebración del Grito de Independencia organizado por Morena en esa ciudad— para hacerse la pregunta básica que compromete a todo demócrata: “¿De qué sirve ese valor si las personas no pueden cubrir sus necesidades básicas?” (El País, 12-09-2026).
Y es que la estabilidad democrática de cualquier país no depende de uno, sino de dos conjuntos de derechos: el civil-político —liberal por imitación en nuestro caso— y el socioeconómico.
No basta con reconocer los derechos individuales a la libertad de expresión, a la libertad de prensa, a la libertad de organización y a la participación política que, por cierto, contra lo que digan las oposiciones, son prácticas que están incólumes en México.
Además de ese conjunto de derechos vigentes, el gobierno de la presidenta Sheinbaum se enfrenta a los enormes desafíos económicos y políticos de acelerar el crecimiento de inversiones productivas privadas con empleos bien pagados.
Retos económicos en tanto que las inversiones empresariales sólo crecerán atraídas por el lucro, y retos políticos en tanto que tal crecimiento deberá lograrse en condiciones de empleo, salarios y productividad que sustenten mejoras sociales reales para la mayoría de la población, que hoy las desconoce.
A los defensores de la democracia como mera protección o defensa de las libertades individuales ante el poder del Estado, esencia del liberalismo, no les ocupa que el deterioro de las condiciones materiales —como el ocurrido en México entre 1982 y 2018— condene a la democracia al desequilibrio y a la mediocridad.
Ese desequilibrio entre libertades políticas formales y precariedad de vida material, erosiona la legitimidad de cualquier régimen político.
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