El sistema financiero mexicano llegó a su punto de inflexión
Cuando llegué a vivir a la Ciudad de México hace cuatro años, pagar con tecnología contactless —sin tarjeta, con el celular o con el reloj— era prácticamente imposible.
Hoy en día, si se me olvida la cartera, ni cuenta me doy hasta en la noche; puedo llevar días pagando únicamente con mi teléfono.
Si bien la capital del país lleva mayor avance que el resto del país, queda clara la dirección: México está dejando de estar rezagado en materia de inclusión financiera.
Durante décadas, el diagnóstico institucional fue el mismo: poca penetración de cuentas y de crédito en una economía que siguió funcionando con efectivo.
La ENIF 2024 todavía lo refleja: el 63% de los adultos tiene una cuenta de ahorro formal, pero apenas 37.3% cuenta con un crédito formal.
Y contar con una cuenta no es lo mismo que usarla; buena parte del avance sigue siendo nominal.
Ante este escenario, no faltaron jugadores digitales dispuestos a atacar ese rezago.
Pero lo que faltaba era estructural: una licencia de captación.
Sin ella, los modelos operaban a medias, ofreciendo únicamente crédito, un pedazo de la relación financiera, no la relación completa, y con la necesidad de fondearse en mercados mayoristas limitados y caros. ¿El resultado? Precios poco competitivos, alcance limitado a sólo ciertos nichos y un modelo de negocio difícil de rentabilizar a largo plazo.
No era falta de ambición ni de tecnología; era el peso poco sostenible del costo del pasivo.
A esto se sumaba otro factor crítico: la falta de datos.
Un originador nuevo arrancaba a ciegas, con un buró de crédito limitado, y la consecuencia era que, sin datos, se presta caro o se presta mal.
Eso también dio un giro radical: contar con información de años de originación y, sobre todo, con la cuenta donde el cliente domicilia su ingreso y con el historial de sus pagos cotidianos aporta una lectura del comportamiento real que ningún cuestionario tradicional puede capturar.
Hoy el escenario es completamente distinto.
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