La fortaleza de no tener que poder con todo
Hay mujeres que aprendimos a ser fuertes viendo a otras mujeres serlo.
Crecimos admirando a madres que podían con todo, que se quejaban poco y que parecían tener una capacidad inagotable para resolver, sostener y seguir adelante.
Sin darnos cuenta, algunas confundimos la fortaleza con no quejarnos y la vulnerabilidad con una especie de debilidad.
Una amiga que acaba de convertirse en mamá me pregunta constantemente cómo le hice cuando mis hijas eran pequeñas. «Nunca te escuché quejarte», me dice, como si mi silencio significara que aquello no me costaba trabajo.
Y me pregunto cuántas veces hemos utilizado la aparente fortaleza de otras mujeres para cuestionar nuestra propia capacidad.
Hoy, mientras atravieso mis propios cambios hormonales, recuerdo a mi madre viviendo esta etapa como si nada sucediera.
Descubro cuánto de aquella fortaleza que tanto admiraba se convirtió, sin querer, en una exigencia silenciosa: yo también tendría que poder con todo.
Pero la vida tiene maneras extraordinarias de enseñarnos aquello que todavía no sabemos recibir.
Una amiga de hace más de treinta años está atravesando una enfermedad.
Y, en medio de la incertidumbre, ha tomado una decisión que nos está transformando a muchas: decirle sí a la vida.
Nos ha invitado a viajar, a celebrar, a reunirnos, a acompañarla.
Y, sobre todo, nos ha permitido quererla.
Lo extraordinario no es solamente su esperanza, sino la humildad con la que recibe nuestro amor.
Ella sabe, y lo dice con una convicción que conmueve, que el amor sana.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en vanguardia.com.mx — el contenido pertenece a Vanguardia (Coahuila).