José Willis, doctor: "Tener 10 alarmas para despertarte podría afectar tu cerebro"
Ya amaneció, suena el despertador , lo apagas y cierras los ojos otra vez; cinco minutos después, vuelve a sonar.
Repites la operación hasta que finalmente te levantas y parece una forma inofensiva de dormir un poco más, pero ¿qué pasa en el cuerpo cuando posponemos la alarma una y otra vez? El doctor José Willis advierte: "Tener 10 alarmas para despertarse podría afectar tu cerebro" .
Su explicación apunta a los procesos biológicos que regulan el sueño y la vigilia.
Sin embargo, la investigación científica sobre las alarmas repetidas ofrece un panorama más complejo: sus efectos no son necesariamente los mismos para todas las personas. {"videoId":"xbmke0y","autoplay":true,"title":"Apple HomeView", "tag":"Apple", "duration":"64"} Qué pasa en el cuerpo cuando suena la alarma Durante la noche, el cerebro atraviesa distintas etapas relacionadas con la memoria y otras funciones cognitivas .
Al despertar, el organismo inicia una transición en la que participan distintas señales hormonales.
La melatonina ayuda a regular los ritmos circadianos y prepara al organismo para dormir, mientras que el cortisol suele aumentar durante los primeros minutos después de despertar .
Este fenómeno se conoce como respuesta del cortisol al despertar.
Willis sostiene que apagar la alarma y volver a dormir repetidamente puede alterar estos procesos.
Uno de los fenómenos que sí se ha estudiado es la inercia del sueño: ese periodo en el que, después de despertar, todavía podemos sentir somnolencia, desorientación o tener dificultades para mantener la atención .
Su intensidad depende de factores como la duración del sueño y el momento en que ocurre el despertar.
Posponer la alarma durante 30 minutos no siempre perjudica el descanso Una investigación publicada en Journal of Sleep Research examinó cómo utilizar la función de repetición de la alarma influye en el sueño, el rendimiento cognitivo, el cortisol y el estado de ánimo.
El trabajo incluyó dos estudios.
En el primero, 1,732 personas respondieron preguntas sobre sus hábitos al despertar.
En el segundo, 31 participantes acostumbrados a posponer la alarma participaron en un experimento de laboratorio que comparó el uso de esta función con despertarse de forma abrupta.
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