José Gerbasi: El diseño de la libertad
Hay un cuento Viejo, tan viejo que se repite en todas las plazas del mundo: el del pueblo que espera al elegido que baja de la montaña para resolverlo todo de un solo gesto.
Venezuela ha escuchado esa historia demasiadas veces, desde militares providenciales hasta mesas de diálogo que pretenden ser historia cuando apenas son utilería.
Cada vez que el pueblo espera al mesías, termina heredando otro amo.
Conviene decirlo con claridad: María Corina Machado no vino a ser mesías, vino a ser simplemente competente, coherente y humana.
Y ese “simplemente” es lo más extraordinario que le ha pasado a la política venezolana en dos décadas.
Existe una brecha que no se puede maquillar.
Mientras en la mesa de diálogo se negocian gestos y tiempos muertos, del otro lado del tablero hay una mujer que no necesita ruido para parecer seria.
Esa fractura se ensancha cada semana: de un lado, el teatro de la solemnidad sin sustancia; del otro, la sustancia sin necesidad de teatro.
Un liderazgo que se sostiene en la coherencia —decir lo mismo en cualquier escenario— no necesita imponer nada: simplemente resiste, y al resistir, convence.
La historia enseña que los liderazgos que transforman naciones nacen del sacrificio sostenido, no de la infalibilidad.
Winston Churchill no fue un genio incuestionable, sino un hombre terco que entendió que la determinación es la sustancia misma del liderazgo cuando todo lo demás se derrumba.
No ofreció milagros, ofreció trabajo, sudor y una lealtad inquebrantable.
Ese es el linaje al que pertenece María Corina Machado: el de los que se quedan cuando el costo personal se vuelve insoportable.
Frente a ella, los venezolanos debemos practicar una higiene colectiva y recuperar el orgullo sobrio.
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