La profesora que todo el país debería conocer
Celina fue profesora durante décadas en Barquisimeto.
Por sus aulas pasaron decenas de promociones.
Pero más que conocimientos, Celina enseñó algo que hoy parece cada vez más escaso: ética.
Educar no es solamente llenar cabezas de conocimientos.
Es, principalmente, enseñar a los alumnos a distinguir entre lo correcto y lo que está mal, entre decir que no aunque todos digan que sí, entre la verdad y la mentira, entre la dignidad y la humillación.
Es formar personas capaces de pensar por sí mismas y de asumir las consecuencias de sus decisiones.
Es enseñarlos a tener valentía moral.
Celina hizo de eso una forma de vida. ¡Y vaya que tiene carácter! Cuando Celina habla, la gente escucha.
Y la escuchan porque de ella emana esa autoridad que no viene de un cargo, de un título, ni de una condecoración: viene de haber vivido de acuerdo con lo que predica.
Y, por si fuera poco, tiene un estilazo.
A sus cien años se pinta el pelo de azul.
Sí, de azul.
Y lo lleva con una naturalidad que, al menos a mí, me hace pensar que quizá el problema no es que una mujer de cien años tenga el pelo azul, sino que el resto de nosotros tal vez somos demasiado conservadores.
Pero una de las historias que mejor retrata a Celina ocurrió cuando tenía 96 años.
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