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Doble moral, los límites y el arte de ser una buena persona

Caraota Digital ·
Doble moral, los límites y el arte de ser una buena persona

¿Te has preguntado en verdad qué significa ser una buena persona? ¿Cómo se logra realmente serlo en medio de tanta contradicción hoy día? ¿Qué sentido tiene esforzarse por ser correcto si los demás ni siquiera lo notan o valoran? Les confieso que, en los tiempos que corren, resulta cada vez más complejo identificar con claridad la frontera entre lo bueno y lo malo; esa delgada línea que marca con justicia el límite donde terminan mis derechos y comienzan los de los demás. ¿Por qué nos cuesta tanto encontrar ese equilibrio? ¿Por qué juzgamos los errores ajenos de una manera tan despiadada y tajante, mientras que la indulgencia y el perdón que exigimos para nosotros mismos son tan radicales? ¿Por qué para nosotros siempre hay justificaciones válidas, pero para los otros no? Hacerme estas preguntas no nace del deseo de señalar con el dedo, sino de una profunda necesidad de autoevaluación para preservar mi propia paz interior y mi salud emocional.

Resalto lo siguiente: a TODOS nos hace falta.

A diario me esfuerzo por ser un mejor ser humano y una profesional con nivel, y sé que muchos de ustedes comparten esa misma búsqueda cotidiana.

Sin embargo, hoy resulta desgastante ver cómo la sociedad parece operar bajo una asimetría moral permanente: somos fiscales implacables de las fallas ajenas y abogados defensores de nuestras propias debilidades.

Actualmente … ¿Por qué solo existen nuestros derechos y no los del prójimo? Esta marcada desconexión tiene un sustento muy claro en la psicología social conocido como el Error de Atribución Fundamental (anótalo).

Esta teoría explica que cuando observamos un error en otra persona, tendemos a juzgarla severamente atribuyendo la falla a su personalidad, su falta de valores o su mala intención («es un irresponsable», «es una mala persona»).

Sin embargo, cuando nosotros cometemos exactamente el mismo fallo, lo justificamos de inmediato apelando al contexto o a las circunstancias extremas («llegué tarde por el tráfico», «reaccioné mal porque tenía demasiado estrés»).

El cerebro utiliza este atajo cognitivo para proteger nuestro ego, generando una asimetría que alimenta el juzgamiento despiadado y frena la verdadera empatía.

Y algo aún peor, tengo personas a mi alrededor que no si quiera se justifican, pues en ellos ni si quiera ven el error, lo que me parece patológico o real maldad.

A esto se le suma la proyección psicológica que deben haber escuchado, un mecanismo analizado en profundidad por la psicología clínica donde criticamos y perseguimos en el entorno aquellas carencias, frustraciones o defectos invisibles que no queremos reconocer ni resolver en nuestro propio interior.

La dureza del juicio ajeno suele ser el reflejo del rechazo que sentimos hacia nuestras propias sombras.

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