Indígena o aborigen (1)
La historia de nuestro continente no comenzó con el diario de a bordo de Cristóbal Colón en octubre de 1492.
La historia oficial ha repetido por siglos la fábula de un descubrimiento que jamás existió.
No se puede descubrir un territorio que nunca estuvo oculto y que ya albergaba a millones de seres humanos con miles de años de historia, vivencias y culturas arraigadas en esta tierra.
Los estudios científicos más actuales confirman que la presencia humana en América se remonta a más de veintitrés mil años, como lo demuestran los hallazgos en White Sands (Nuevo México) y el análisis de los linajes genéticos del Pleistoceno, pulverizando los antiguos dogmas cronológicos. En formaciones geológicas tan antiguas como el Escudo Guayanés, cuyos núcleos cratónicos se extienden con más de dos mil millones de años sobre el planeta, los pueblos aborígenes levantaron civilizaciones y nombraron cada espacio vital mucho antes de que la cartografía europea impusiera el nombre artificial de América. El desembarco de 1492 no constituyó un pacífico encuentro, sino una violenta invasión que pretendió vaciar de soberanía a las culturas preexistentes, arrastrando a los pueblos aborígenes a una red geopolítica ajena.
El territorio jamás fue una tierra de nadie; era un hogar surcado por caminos, cultivado con maíz, papa y yuca, y habitado por una densidad de almas con una rica complejidad cultural.
El lenguaje de la conquista operó como trinchera ideológica para justificar el despojo, situando el inicio de la historia en el año cero europeo.
Sin embargo, antes de esa fractura, el territorio era un mosaico de soberanías fragmentadas: el norte era el Denendeh y la isla de la Tortuga; Mesoamérica albergaba el Cem Anáhuac y el Mayab; el Caribe respiraba en las Antillas bajo el pulso de los pueblos arahuacos y caribeños; la gran bisagra continental de las tierras bajas y la cuenca del Orinoco —donde el territorio de nuestra Venezuela y Colombia preserva la huella inmemorial de sus pueblos protegiendo su linaje— entrelazaba redes fluviales de confederaciones autónomas, el istmo florecía en el Abya Yala, los Andes se unificaban en el Tawantinsuyo y el sur se extendía por el Wallmapu y el Karukinka.
Este gran entramado demuestra que esta tierra siempre tuvo dueño, memoria viva, autonomía sagrada e inobjetable desde la profundidad de los tiempos.
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