Fernanda Barriga, la cocinera que acompañó a Bolívar hasta su último suspiro #22Ago
Durante más de seis años, una mujer quiteña permaneció al lado del Libertador. En la Quinta San Pedro Alejandrino, su memoria conservó detalles íntimos de los últimos días de Simón Bolívar
En diciembre de 1830, el calor de Santa Marta envolvía los corredores de la Quinta San Pedro Alejandrino. Afuera, el río corría entre la vegetación; adentro, el silencio se había convertido en una forma de espera. En una de las habitaciones yacía Simón Bolívar, consumido por la enfermedad. Cerca de él, entre ollas, aguas medicinales, ladrillos calientes y tazones de sagú, una mujer cumplía silenciosamente su oficio.
Se llamaba Fernanda Barriga . Había llegado desde Quito años atrás y, sin figurar en los grandes relatos de la Independencia, permaneció junto al Libertador hasta el final. Fue su cocinera, pero también una de las pocas personas que presenció de cerca la intimidad de sus últimos días.
Fernanda era natural de Quito y servía a Manuela Sáenz, compañera de Bolívar. En junio de 1824, Sáenz la puso a disposición del Libertador como cocinera. Desde entonces, su vida quedó vinculada a la de aquel hombre que atravesaba los territorios de una América todavía convulsa.
Lo acompañó por Lima, el Cuzco, La Paz y Bogotá. Cuando Bolívar emprendió su último viaje hacia Santa Marta, el 8 de mayo de 1830, Fernanda volvió a seguir sus pasos.
El séquito partió de Bogotá acompañado inicialmente por figuras del Gobierno, diplomáticos y militares. Entre quienes continuaron junto al Libertador estuvieron los generales Josè Laurencio Silva, Mariano Montilla y José María Carreño, los coroneles Belford Wilson y Diego Ibarra, además de su sobrino Fernando Bolívar, hijo de Juan Vicente Bolívar. Los ministros y diplomáticos se separaron del grupo a unas dos leguas de la ciudad.
Pasó por Cartagena y Barranquilla hasta llegar a la Quinta San Pedro Alejandrino, donde terminaría la vida de Bolívar .
Fernanda conocía los gustos del Libertador como pocos. Sabía qué podía comer, qué rechazaba y cómo preparar aquello que su debilitado organismo todavía toleraba.
Solía decir, con orgullo: “Es que Su Excelencia está muy amañado con mi sazón”.
Pero en aquellos días la cocina dejó de ser un espacio doméstico para convertirse casi en una extensión de la habitación del enfermo.
Los boletines del médico de cabecera, el doctor Alejandro Próspero Reverend, permiten reconstruir con precisión el régimen alimenticio que recibió Bolívar durante su agonía. Al principio se le indicaron alimentos preparados con sagú. Posteriormente se suprimió el pollo y se prescribió gelatina. A partir del 12 de diciembre, ante la escasa voluntad de comer y la ausencia de sed, Reverend anotó que el sagú con vino era prácticamente el único alimento que podía tolerar.
La cocinera permanecía ocupada preparando aguas medicinales y calentando ladrillos que eran colocados en los pies del enfermo, cada vez más fríos. Cada dos horas regresaba a la habitación con el tazón de fécula mezclada con vino.
El último sagú, según el Boletín N.º 29 de Reverend, fue administrado el 16 de diciembre a las seis de la mañana.
Fernanda conservó también los pequeños gestos que los grandes documentos suelen dejar fuera.
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