¿Por qué ser un bastón pudiendo ser un gran paraguas?
Soy un caballero inglés, pero de origen chino, como la mayoría de los de mi especie.
Visto de elegante negro y luzco un mango que simula ser de fina madera.
La razón de mi existencia es la lluvia, pero hasta hace poco no había corrido con suerte.
Fui a parar a manos de una señora mayor que casi nunca salía y, mucho menos, bajo una tormenta.
Me utilizaba exclusivamente como bastón para sostener su pesada humanidad, obligándome a soportar el peso de todo su cuerpo al andar.
Aquello estaba originando una escoliosis que deformaba mi esbelta figura.
Afortunadamente, los paraguas somos propensos al extravío.
La primera oportunidad que tuve no la desperdicié: estando en un restaurante, me fui deslizando poco a poco hasta caer al piso sin hacer ruido y me acomodé debajo de un largo sillón, donde pasé desapercibido varios días.
El lunes siguiente me sacudió el golpe de un cepillo al barrer.
Escuché una voz ronca decir: “Vaya, vaya, miren lo que hay acá”, mientras una mano me tomaba del mango.
Entonces recibí mi primer cumplido en años: “Y está bien bueno”.
Comprobé que los halagos son excelentes medicinas, porque inmediatamente sentí cómo mi torcida columna se enderezaba como por arte de magia.
Traté de lucir amable y la señora de la limpieza, sonriente, le dijo a su compañera que me llevaría a objetos perdidos, pero que si nadie me reclamaba en una semana, me regalaría a su hijo.
Así cambié de dueño y llegué a manos de Martín, un diseñador gráfico que camina a diario varias cuadras hasta el metro.
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