La trampa del consuelo comparativo
Recientemente, en la sala de espera de una clínica, fui testigo involuntario de una conversación.
Una joven intentaba reconfortar a una madre cuyo hijo se encontraba hospitalizado: Tiene que agradecer que su hijo está vivo y recibiendo tratamiento —le decía—.
Fíjese en la gente de La Guaira que perdió a sus hijos y sus viviendas; ellos sí que están peor.
De inmediato vino a mi memoria el viejo refrán: “Mal ajeno, consuelo de tontos”.
Me quedó flotando la duda de si aquellas palabras de la joven realmente lograban tranquilizar a la afligida señora.
Los proverbios suelen encerrar una gran sabiduría popular y, en este caso, la lección era evidente.
Por ello me parecía que el consejo basado en esa comparación no era válido.
Tras consultar diversas fuentes y conversar con una psicóloga amiga, ella me confirmó que la psicología respalda plenamente al sabio dicho: la desgracia ajena jamás sana la propia.
Las palabras de la muchacha rozan la delgada línea que separa a la empatía genuina de lo que en psicología se denomina “invalidación emocional”.
Intentar consolar mediante la comparación no es una estrategia efectiva; al contrario, suele resultar profundamente contraproducente.
Cuando alguien atraviesa un trance doloroso —una enfermedad, una pérdida, una mala racha— y recibe como consuelo un “mira a los que están peor”, el mensaje implícito que se le envía es demoledor: “Tu dolor no es legítimo” o “No tienes derecho a sentirte mal”.
Esta lógica no disminuye el sufrimiento de quien padece.
La madre no solo continúa sufriendo por la salud de su hijo, sino que ahora se le suma el remordimiento por sentirse “malagradecida” o por sufrir “sin motivo suficiente”.
Al exigirle gratitud en medio de la zozobra, se confunde la gratitud real con la resignación comparativa.
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