(De la) Perla a la Carta: El Itinerario Bolivariano
En Nassau, la capital de Las Bahamas, los barcos de vapor que hacían escala rumbo al sur dejaron instalada a comienzos del siglo XX una costumbre que quedó retratada en los folletos del turismo colonial. Desde la cubierta, los pasajeros tiraban monedas al agua mientras niños negros, descendientes de los africanos esclavizados en la isla, se zambullían a buscarlas en el mar para la cámara que registraba la escena. Nadie preguntaba por las condiciones de vida de esos niños cuando la nave zarpaba hacia el siguiente puerto, así como en la Cubagua del siglo XVI nadie se preocupaba por la respiración del buzo guaiquerí.
Aquel buzo bajó a los ostrales cargando un saber milenario sobre la profundidad del mar, siendo capaz de aguantar el aire en el pecho y reconocer al tacto la ostra madura antes de verla. La Corona llegó a declararlo vasallo libre en el papel de la Cédula Real pero lo obligaba a sumergirse hasta que el cuerpo cediera. Cuando ese cuerpo se agotó, los españoles despoblaron las propias islas Bahamas para secuestrar a miles de indígenas lucayos, antiguos habitantes de esas mismas costas. Cuando los lucayos también flaquearon, acudieron al tráfico de cuerpos esclavizados de África, en una cadena de violencia donde la crónica cuenta que muchos preferían morir en el fondo del mar antes de salir a tomar aire una vez más.
De las islas de Bahamas salieron los lucayos secuestrados para morir en los ostrales de Cubagua, y en esas mismas aguas, cuatro siglos después, se fotografiaba a los niños zambulléndose por las monedas que les arrojaban desde los barcos. Cambió el objeto extraído, pero no la mirada de quien contempla la escena desde la cubierta. A quien mira desde arriba no le importa mucho el nombre de quien se tira al mar, solo le interesa llevarse la foto, la perla o el petróleo, mientras el que se hunde paga el costo con su salud y su vida.
Desde ese circuito de islas explotadas emergió uno de los más importantes intentos de articular una palabra política y propia desde el Sur. En 1815, exiliado en Jamaica, Simón Bolívar escribió la carta con la que buscó responder a un comerciante inglés sobre el futuro de América. Por primera vez, alguien nacido de este lado tomaba la palabra desde una isla caribeña para enunciar un proyecto común y no para acatar órdenes ajenas, aunque para hacerlo tuviera que recurrir al léxico de la Ilustración y definir la gesta en clave republicana, dejando fuera de esa arquitectura buena parte de una fuerza ancestral entretejida en las comunidades que no encontraban eco dentro del marco europeo de la época.
A pesar de esa distancia inicial, la intuición anfictiónica de unir a nuestras naciones sigue siendo una causa urgente y descomunal. Sin embargo, en el Congreso de Panamá de 1826 esa gran idea quedó paralizada por las intrigas del Norte, el cerco diplomático y la burocracia. Los delegados llegaron al istmo atados a órdenes cerradas desde sus capitales, de modo que la voluntad de unión no se nutrió de la discusión viva en los territorios ni del pulso con la gente, sino del choque entre documentos redactados de antemano.
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