Justicia y madurez
Creo que en esta columna, durante los últimos meses, no he hablado de nada con mayor frecuencia que de las expectativas que millones de venezolanos se han formado por el “nuevo momento político”. Algunas de esas expectativas son razonables. Otras, no tanto. Tal vez la más irracional de todas sea una cuya desilusión consiguiente sea asimismo de las más dolorosas: ¿Y la justicia? Comencemos por los conceptos básicos. La justicia no es otra cosa que dar a cada quien lo que merece, como bien indicó Platón. Así, el que brinda un servicio extraordinario a los demás merece una compensación, bien sea material o en forma de reconocimiento y gratitud. Por el contrario, quien agravia a los demás sin haber sido provocado es digno de un escarmiento.
Venezuela es una sociedad profundamente agraviada. Profundamente ultrajada. Profundamente herida . Un cuerpo cubierto de cicatrices que van desde la angustia por los apagones hasta el dolor por la separación de familias con miembros regados por el mundo, pasando por el hambre y las violaciones de derechos humanos. Es, por lo tanto, una sociedad ávida de justicia .
Nadie debe subestimar el alivio que la justicia brinda a los venezolanos cuando la consiguen. No importa que sea un alivio intangible que coexista con una calidad de vida material que permanece más enterrada que nuestro petróleo. Cuando Claudia Díaz Guillén, otrora tesorera de la nación que ocupó dicho cargo al parecer por ningún otro mérito aparte de haber sido enfermera de Hugo Chávez, fue condenada a 15 años de cárcel por una corte en Miami , en atención a denuncias de corruptelas millonarias, todo ciudadano común venezolano que se enteró de la noticia reaccionó con regocijo (a veces mezclado con algo de decepción, en el caso de quienes consideraron la pena demasiado laxa).
Dado el carácter sin precedentes de lo que comenzó en enero de este año, muchos venezolanos pensaron que había llegado una especie de día de la redención a escala nacional. Un “juicio final” por el cual todos los réprobos responsables de tanto daño al país serían de inmediato condenados al castigo que merecen. Los veían como las almas en pena en el cuarto inferior derecho del fresco de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, rogando misericordia, pero encontrando solamente la ira implacable de un Jesucristo que no da más oportunidades y un Caronte que blande su remo como garrote para obligar a los desgraciados a bajarse de su barca y seguir a pie el camino hacia los aposentos de Satán.
Muy pronto quedó claro que nada de eso iba a ocurrir. Es discutible hasta qué punto Schmitt tenía razón cuando concluyó que los conceptos de la política son derivados de la teología. Pero si tantos venezolanos tuvieron que esperar a las secuelas de los hechos de enero para verse desengañados, es porque atribuyeron rasgos de sacralidad a algo que en realidad es bastante profano. Tuvieron una hierofanía inversa, al descubrir que la gran república norteamericana es un Estado con intereses propios, que va a privilegiar por encima de los pertenecientes a habitantes de otras latitudes, y no un ente motivado por imperativos categóricos de beneficio a la humanidad entera.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en runrun.es — el contenido pertenece a Runrun.es.