El pragmatismo sin principios
Las ideologías quisieron encerrar el mundo en una doctrina y terminaron tropezando con la realidad.
Durante buena parte de los siglos XIX y XX pretendieron ofrecer una explicación completa de la sociedad y hasta anticipar el rumbo de la historia.
Unas prometieron la igualdad mediante la revolución; otras confiaron en que la libertad de los mercados resolvería por sí misma buena parte de los problemas.
La realidad terminó demostrando que ninguna doctrina posee todas las respuestas.
Las ha sustituido algo menos solemne y mucho más difícil de definir: el pragmatismo.
Gobernar exige cada vez más enfrentarse a problemas concretos y juzgar las políticas por sus resultados, no por su fidelidad a una doctrina.
Pero actuar según las circunstancias no significa vivir sin principios.
Sin valores, el pragmatismo degenera en oportunismo; sin pragmatismo, los valores pueden convertirse en dogmas.
El problema es que algunas de las grandes potencias parecen haber confundido el abandono de las ideologías con el abandono de los principios.
Cuando el interés sustituye al valor como única medida de conducta, el pragmatismo deja de ser una virtud para convertirse en simple conveniencia.
Quizás el futuro exija precisamente lo contrario: menos certezas sobre cómo debe ser el mundo y mayor firmeza sobre los valores con los que queremos vivir.
Porque no se trata de tener una doctrina para cada respuesta, sino una ética para cada decisión.
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