La ultraderecha y su falsa moral
Según el lingüista George Lakoff, en la política, quien define el lenguaje y, en consecuencia, el marco cognitivo, representado en valores y creencias, domina.
La razón de esto es porque nuestro pensamiento no es racional, sino conceptual: interpretamos la realidad por medio de metáforas: entendemos un concepto complejo (p. e. la corrupción), en términos de otro concepto más básico, como una enfermedad (la del cáncer).
Las metáforas activan marcos cognitivos que están formados por conocimientos de vieja data que nos aportan representaciones mentales para la interpretación de los hechos.
Por ejemplo, un país con corrupción es un cuerpo enfermo.
La salud es bienestar; la enfermedad, malestar.
En esto, los datos, convertidos en estadística, no cambian la percepción de los hechos si contradicen esos conceptos; por ello, lo que calificamos como verdadero, o no, dependerá de si encaja en los marcos o no lo hace.
Uno de los marcos cognitivos dominantes es el del padre estricto, el del capitalismo global, en el que hay una cadena jerárquica: Dios está por encima del hombre, el hombre está por encima de la naturaleza, el hombre blanco por encima de las demás razas, los ricos sobre los pobres y el hombre por encima de la mujer.
Si se rompe ese orden, sé es inmoral, porque la familia estaría en peligro.
Desde este marco, no se puede cuestionar el origen de la riqueza ya que ellos cumplieron con su papel moral de ser más fuertes en un mundo adverso y hostil, en que sobreviven los más fuertes.
Para los gobiernos de ultraderecha, la corrupción termina siendo aceptada.
Por eso se les “libera” del pago de impuestos y, por ello, se representa discursivamente como un alivio.
En la Cuarta República, decían de un partido político algo como que “ellos roban, pero dejan a los demás beneficiarse de eso” (entiéndase robar).
En cambio, los beneficios sociales, otorgados en el contexto de una política inclusiva, se consideran inmerecidos; dicen “quieren todo regalado” porque desconocen la justicia social y la consideran corrupción, aunque existan datos estadísticos que demuestren la inversión social, por ejemplo, en viviendas, salud y educación.
Para la derecha, el capital debe estar en manos de unos pocos“privilegiados”, las necesidades de los pueblos son ignoradas y sus luchas hostigadas.
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