La realidad detrás de la ilusión de la prisa… ¿El tiempo vuela o nosotros deseamos demasiado?
Les confieso que me tiene sinceramente consternada la rapidez con la cual siento que el tiempo transcurre.
Siento que en un abrir y cerrar de ojos ya estamos transitando elmes de agosto, y como siempre sucede cuando nos descuidamos, diciembre está prácticamente a la vuelta de la esquina.
Lo más impactante es que no se trata de una apreciación aislada; a donde voy, la gente comparte la misma sensación.
Todo el mundo me repite lo mismo: experimentan el paso de los días a un ritmo desbocado.
Me he llegado a preguntar si es que acaso la Tierra está girando más rápido, si las jornadas se volvieron físicamente más cortas, o si la explicación reside en que nuestras generaciones hacen tantas cosas, están tan hiperconectadas y ambicionan tanto, que nuestra sensación de finitud se hace más vigente.
Queremos abarcar más de lo que biológicamente podemos y acumular tantas experiencias que el tiempo jamás parece alcanzar para lo que aspiramos.
Esta inquietud, que para muchos es una simple queja de pasillo, tiene un sustrato científico fascinante.
Los especialistas de distintas disciplinas han demostrado que no es que las horas tengan menos minutos ni que el reloj astronómico haya cambiado, lo que se ha transformado radicalmente es la cronocepción, es decir, la manera en que la mente procesa, organiza y recuerda la experiencia temporal.
Expertos en salud mental y neurociencias explican que este fenómeno responde a una interacción entre nuestra psicología, la rutina, la biología y la fragmentación digital de la atención.
Desde la psicología, la percepción del tiempo depende de la densidad de recuerdos nuevos que logramos almacenar.
Un estudio publicado en la revista científica Acta Psychologica determinó que cuando el cerebro recupera al menos cuatro episodios importantes o hitos significativos de un período determinado, siente que el tiempo transcurrió de forma pausada y consistente.
En la infancia, cuando todo representa una «primera vez», el cerebro captura estímulos con máxima frescura y guarda recuerdos detallados, haciendo que el tiempo se sienta «ancho».
En la adultez, en cambio, la rutina se vuelve la norma.
Al automatizar los procesos para ahorrar energía, la mente deja de registrar marcas memorables, provocando que, al mirar hacia atrás, comprima los meses y sintamos que el año «voló».
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