Querer querer
Huye del triste amor, amor pacato, sin peligro, sin venda ni aventura, que espera del amor prenda segura, porque en amor locura es lo sensato.
Antonio Machado 1 El algoritmo nos conoce pero ignora por completo las razones que le dan tal competencia.
Por eso se equivoca en relación a cada uno de nosotros, y paradójicamente es, a razón de su error que termina, si no acertando, aproximándose peligrosamente a nuestra intimidad. ¿A qué viene el asunto? Ayer, durante mi hora de ocio digital, me llegó por todos los canales que uso (quiero pensar que sigo siendo yo quien los usa), la publicidad de una aplicación llamada Sapio cuyo servicio podría resumirse así: una gestión de afinidades intelectuales entre personas que buscan pareja.
No hablamos de cualquier tipo de gente sino de aquellas que centran su interés en la personalidad y los valores, por encima del atractivo físico (como sí hace la competencia).
La oferta incluye la realización de un test de “inteligencia emocional” para descartar a priori incompatibilidades, la verificación de perfiles con datos de identidad fiables, incluso con reconocimiento facial para “mayor seguridad”.
Y finalmente (esto pudiera ser el cenit de la eficiencia) un enfoque sapiosexual infalible de modo que sólo permita el concurso de sucedáneos que consideren el coeficiente intelectual como el principal activo amoroso.
Nada malo al parecer: Dime qué lees, cuál es tu ideología y tus predilecciones artísticas, y te diré si eres o no apetecible.
Antes de reparar en el verdadero sentido de la oferta de Sapio, echo un vistazo con mucho disimulo a lo que está leyendo en estos momentos mi esposa: Historias de fantasmas , el diario elegíaco con el que la escritora Siri Hustved celebra al amor desde el amor que construyó junto a Paul Auster. ¡El mejor libro del 2026!, me digo con alivio.
Bromas aparte, no deja de inquietarnos lo que subyace en este discurso, en apariencia distinto y mejorado, si lo comparamos al del nihilismo sexista que campea en nuestra era como un tirano que lo mismo subyuga al amor que al propio sexo. ¿En qué medida estamos creando condiciones favorables a un amor real, más allá de las trivialidades y las falsificaciones que le acechan? Es una pregunta recurrente para la humanidad, una que no aparece por cierto resuelta ni siquiera en las épocas más luminosas.
Si es que, claro, alguna vez las hubo.
2 Qué tanto sabemos del amor.
Prácticamente nada.
Salvo por la experiencia misma de haber amado, que no es poco pero suele ser por sí misma ineficiente, confusa e inexplicable tanto como indivisible del éxtasis y el desencanto que puede llegar a producir.
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