Despertar antes de parecerse a ellos, por Luis Ernesto Aparicio M.
X: @aparicioluis De a poco, hemos venido analizando la crisis mundial de la democracia al ver cómo han venido ganando espacio –y simpatía– el populismo proveniente de la derecha extrema o de aquella derecha que se ha venido apartando de la que hemos conocido como conservadora, con la cual muchos países han sido gobernados bajo el respeto de las normas y patrones de la democracia.
Desde allí debemos partir para hacer lo propio con quienes se mantienen en la defensa de la democracia y que están resultando vencidos una y otra vez por esta nueva versión de la derecha.
Una versión que, por cierto, no soportaría una revisión política formal y científica de sus propuestas, ya que muchas de ellas giran alrededor de un mismo punto: el culpable de todo son los otros y es mejor regresar al pasado; si es del siglo XX hacia atrás, mucho mejor.
De allí la importancia de significar que el problema no es solamente que la extrema derecha avance.
Es que, frente a ese avance, algunos defensores de la democracia parecen haber entrado en un estado de desconcierto que los lleva a pensar que, para derrotarla, deben parecerse a ella.
Ciertamente, el triunfo de la extrema derecha produce desconcierto.
No solamente entre sus adversarios políticos, sino también entre sectores democráticos que comienzan a preguntarse si sus propias ideas son demasiado débiles, demasiado moderadas o poco atractivas para una sociedad cansada, frustrada y, en muchos casos, decepcionada de quienes han tenido la responsabilidad de gobernar.
En ese ciclo de preguntas, ese que esperemos se esté produciendo en muchos partidos verdaderamente democráticos, pueda estarse dando espacio para que aparezca la tentación de la adaptación.
Endurecer el discurso, apropiarse de consignas, justificar restricciones, relativizar derechos, hablar de enemigos en lugar de adversarios, reivindicar autoridad antes que instituciones.
Es decir, intentar competir con el autoritarismo renaciente utilizando parte de su propio lenguaje.
Por este motivo podemos ver, sobre todo en Latinoamérica, cómo muchos dirigentes políticos van girando, algunos de manera muy extraña, hacia discursos llenos de promesas sin basamento, sin ofrecer primero el panorama real y luego las fundaciones o bases que permitirían recuperar y transformar los países que gobiernan o aspiran a gobernar.
Esto último es una muestra de no entender que la democracia no pierde porque sea demasiado democrática.
Puede perder cuando quienes deberían defenderla dejan de explicar por qué sus principios importan y se sienten atraídos por los cantos de sirena, por la espectacularidad o por la fuerza que lucen aquellos autócratas que hoy gobiernan.
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