¿Se fue la podredumbre o nos hicimos los locos?, por @ArmandoMartini
La descomposición política es puntual, nunca llega tarde.
Se da por muerta, organiza el velorio, escribe la esquela, y cuando se empieza a respirar aire limpio, aparece, tocando con una sonrisa y explicación.
No vuelve, le abrimos la puerta.
Nada envejece tan mal como el optimismo, llevamos tiempo incómodos creyéndonos diferente, de esos que aprenden de sus errores.
Qué pretensión tan ingenua pensar que la memoria es algo más que un trámite decorativo, un adorno que sale en los discursos y se guarda en el olvido.
Vuelven con elegancia, no con los mismos nombres, -sería de mal gusto, casi vulgar-, sino con gestos reciclados, puestos al día, como quien reforma una casa vieja sin tocar las bases.
El nepotismo, se llama “confianza”; el amiguismo, ya no es corrupción sino “agilidad de gestión”, y la persecución al que contradice, se le tilda, con delicadeza poética, “ordenar la casa”.
Es admirable, la capacidad de reinvención semántica.
Mientras la industria no logra competir en casi nada a nivel internacional, la ingeniería del eufemismo, debería exportarse.
El patrón es predecible.
Llega el diagnóstico, todo estaba mal, era un desastre, hay que refundar.
Luego, la promesa incumplida de transparencia, puertas abiertas, “nunca más como antes”.
Y finalmente, la lenta, sutil, casi imperceptible reaparición de las viejas costumbres, ahora vestidas de novedad, presentadas como si fueran un invento y no la misma fórmula recalentada en fogones de ocasión.
El manual es viejo, pero funciona, cuenta con la indispensable colaboración de una desmemoriada sociedad.
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