Los estados 49, 50 y 51
De un tiempo a esta parte el mismísimo presidente Donald J.
Trump ha desplegado cierta campaña que propala la idea según la cual la incorporación de nuevos estados a la república del norte es una cuestión de coser y cantar, que solo depende de su suprema voluntad.
Sin embargo, el proceso ha sido mucho más complejo.
Además de los requisitos jurídicos, ha dependido de circunstancias políticas, estratégicas e incluso geopolíticas.
En ese sentido, la comparación entre Alaska, Hawái y Puerto Rico constituye probablemente el mejor ejemplo.
Los tres fueron territorios estadounidenses durante décadas; sus habitantes eran ciudadanos de Estados Unidos y reclamaban, en mayor o menor medida, una representación política plena.
Sin embargo, solo Alaska y Hawái ingresaron a la Unión en 1959, siendo los únicos que no forman parte del territorio contiguo del país.
Mientras que Puerto Rico continúa siendo, más de ciento veinte años después de su ocupación, un territorio no incorporado.
La historia de Estados Unidos y Alaska comenzó en 1867, cuando el secretario de Estado William H.
Seward negoció con el Imperio ruso la compra del inmenso territorio por 7,2 millones de dólares.
En aquel momento muchos ridiculizaron la operación y la bautizaron como Seward’s Folly («la locura de Seward»), convencidos de que el gobierno había adquirido una inmensa extensión de hielo prácticamente inútil.
Pero el tiempo demostró lo contrario.
El descubrimiento de oro a finales del siglo XIX, el desarrollo de la minería, la riqueza pesquera y, posteriormente, los enormes yacimientos petroleros transformaron Alaska en uno de los territorios económicamente más prometedores del país.
No obstante, durante décadas permaneció bajo administración federal.
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