Ni milagro, ni catástrofe
Conviene bajar un poco el volumen de la discusión sobre los anuncios petroleros recientes y esperar que los hechos permitan conocer su verdadera dimensión.
La posibilidad de recuperar en un plazo relativamente breve varios cientos de miles de barriles diarios mediante inversiones destinadas a reactivar campos maduros y recuperar instalaciones deterioradas no constituye una idea nueva.
En lo esencial, estaba contemplada en el Plan País y puede inferirse también de planteamientos públicos realizados durante los últimos años por integrantes del equipo de María Corina Machado.
Las diferencias pueden ser muy importantes, pero están en otro terreno: quién realiza las inversiones, bajo qué condiciones, cuál es la participación del Estado y, sobre todo, si se hace dentro del marco constitucional y legal vigente o mediante las reformas que sean necesarias.
En una democracia, la forma también importa.
Pero tampoco debemos confundir esa recuperación inicial con la reconstrucción de la industria petrolera venezolana.
Agregar eventualmente 300 mil o 400 mil barriles diarios a la producción actual sería importante para los ingresos del país, pero tendría una incidencia muy limitada sobre un mercado mundial que consume más de cien millones de barriles diarios.
Otra cosa sería recuperar, mediante inversiones sostenidas durante muchos años, la capacidad que alguna vez tuvo Venezuela de producir alrededor de 3,5 millones de barriles diarios y desarrollar el potencial que permitiría aspirar incluso a cifras superiores.
Eso sí tendría consecuencias económicas y geopolíticas importantes y devolvería al país una posición relevante dentro del mapa energético mundial.
Por eso resulta prematuro atribuir a los anuncios actuales consecuencias que todavía no se han producido.
Las palabras han sido mucho más ampulosas que los hechos y pueden responder también a necesidades políticas inmediatas de Estados Unidos, incluyendo las elecciones de noviembre y el interés evidente de contener el precio de la gasolina.
Ni estamos ante el milagro que algunos anuncian ni necesariamente ante la catástrofe que otros denuncian.
Hay que tener cordura y esperar.
Ver cuánto se invierte realmente, cuánto aumenta efectivamente la producción, cuáles son las condiciones jurídicas de esas inversiones y, sobre todo, si estamos ante una operación destinada simplemente a extraer algunos barriles adicionales o ante el comienzo de una verdadera reconstrucción de la industria petrolera venezolana.
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