Lo que Venezuela no perdió
En los últimos días me he sorprendido pensando menos en todo lo que Venezuela ha perdido y más en aquello que, contra todo pronóstico, ha logrado conservar.
No es una reflexión optimista.
Es la consecuencia de mirar con atención lo que sí resistió.
Durante casi tres décadas hemos visto deteriorarse las instituciones, empobrecerse a millones de venezolanos, partir a una parte importante de nuestra población.
Pocas naciones soportan un desgaste tan prolongado sin perder también la esperanza.
Por eso vale la pena una pregunta distinta: ¿qué no logró destruir esta larga crisis? Lo he pensado desde el terremoto.
La devastación fue inmensa.
Pero lo que sorprendió a los equipos internacionales de rescate no fue la magnitud de la tragedia, sino la actitud de los venezolanos: serenidad, disposición a ayudar, capacidad de organizarse espontáneamente, hasta buen humor en medio del dolor.
No era resignación.
Era fortaleza.
Ese mismo espíritu aparece en gestos pequeños, y por eso más reveladores: todavía es habitual que un desconocido dé las gracias, que alguien ofrezca ayuda sin esperar nada a cambio.
Podrá parecer menor.
No lo es.
Es el cemento invisible que mantiene unida a una sociedad incluso cuando sus instituciones han dejado de funcionar.
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