Dolarización en Venezuela: lo bueno, lo malo y la tercera vía
El pasado 22 de agosto, el diputado opositor Antonio Ecarri encendió otra vez el debate sobre la dolarización al confirmar que trabaja, junto al economista estadounidense Steve Hanke, en una propuesta para eliminar el bolívar y adoptar el dólar como única moneda. «Venezuela está dolarizada para cobrarle al ciudadano, pero no para pagarle», dijo, señalando que inmuebles, vehículos y precios en supermercados ya se cotizan en divisas mientras los salarios públicos siguen en bolívares devaluados.
La respuesta no se hizo esperar. Ese mismo día, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, lo destituyó de la presidencia del Grupo de Amistad Parlamentaria Venezuela-Estados Unidos, calificó la iniciativa de «irresponsable» y sostuvo que viola el artículo 318 de la Constitución, que fija al bolívar como moneda única y da al Banco Central la exclusividad sobre la política monetaria.
Ese cruce político reinstaló en la agenda pública una discusión sobre lo bueno, lo malo y la posibilidad real o no de una dolarización formal de la economía venezolana.
En una entrevista en Unión Radio , el economista y analista Asdrúbal Oliveros señaló que el argumento más fuerte a favor de la dolarización es que Venezuela lleva 43 años sin lograr estabilizar su inflación y la dolarización es, ante todo, «un mecanismo muy eficiente de reducción de inflación».
Al atar la economía a una moneda externa, el país se somete a lo que Oliveros llama «una especie de camisa de fuerza» que fuerza una caída rápida y radical de los precios, algo que ninguna otra medida ha logrado en cuatro décadas.
El segundo argumento a favor es fiscal, no monetario. Una vez dolarizada, la economía deja de tener Banco Central emisor, y eso significa que el Estado ya no puede financiar su déficit imprimiendo dinero, explica Oliveros. En un país con «debilidades institucionales muy marcadas», donde construir un banco central verdaderamente independiente ha sido imposible en la práctica, la dolarización impone esa disciplina fiscal por la fuerza, sin necesidad de que ningún gobierno la adopte por convicción.
El primer costo, dice Oliveros, es que la decisión no tiene marcha atrás fácil . Dolarizar formalmente implica un acuerdo con la Reserva Federal de Estados Unidos y renunciar a emitir moneda propia. «Una vez que entras allí es difícil salir y tienes que asumir todas sus consecuencias», apunta. Por lo que si dentro de unos años las condiciones del país cambian y conviene usar otra herramienta de política económica, ya no se puede.
El segundo costo es la pérdida total de la política monetaria . Venezuela quedaría «a merced de lo que haga la Reserva Federal de Estados Unidos», sin ninguna capacidad de reacción propia ante sus propios ciclos económicos, empezando por el petrolero.
El tercer costo, el que Oliveros considera más grave para el caso venezolano específicamente, es sectorial.
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