El mito más cómodo, por Omar Ávila
Pocas ideas se han arraigado tanto en Venezuela como la maldición del petróleo, durante décadas se ha repetido en las aulas, en los cafés y en las columnas de opinión, casi como una explicación definitiva de cada fracaso para gobernar de forma eficiente un país con diversas riquezas naturales.
Es una idea cómoda, porque convierte en destino geológico lo que fueron decisiones humanas; así, señalando que la culpa está en el subsuelo, los gobiernos en la superficie no tienen que rendir cuentas de sus pésimas gestiones.
Además, es una idea peligrosa, porque un pueblo que cree que su riqueza lo condena, no exige reglas para administrar y termina normalizando la corrupción y la ineficiencia.
En 1936, Arturo Uslar Pietri publicó su célebre llamado a «sembrar el petróleo»: usar la riqueza pasajera del crudo para construir una economía productiva y duradera.
Décadas después, Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los fundadores de la OPEP, llamó al petróleo «el excremento del diablo» y tituló así uno de sus libros.
De esas frases nació buena parte de nuestro fatalismo, pero conviene leerlas con cuidado, ya que ninguno de los dos culpaba al recurso en sí.
Uslar advertía contra vivir de la renta sin producir; Pérez Alfonzo, contra el despilfarro, la corrupción y el endeudamiento que veía crecer en la Venezuela saudita de los años setenta.
Sus advertencias eran sobre la conducta de los gobernantes, no sobre la geología.
Pero con el paso del tiempo, estas críticas políticas pasaron de advertencia a superstición.
Para desmontar el mito, podemos mirar inicialmente hacia Noruega, que encontró petróleo en el Mar del Norte en 1969, para entonces ya era una democracia consolidada, con Estado de derecho, una burocracia profesional y altos niveles de confianza social.
A diferencia de Venezuela, el petróleo llegó a instituciones maduras; no las fabricó, renombró o amplió.
Sobre esa base, el país tomó decisiones ampliamente deliberadas (no sólo la cúpula de turno); y en 1971 el Parlamento aprobó los llamados «diez mandamientos del petróleo», y el Estado separó tres funciones que en Venezuela siempre se confundieron: la política petrolera, la regulación técnica y la actividad comercial de su empresa estatal (que además competía con privadas).
Uno de los arquitectos de ese modelo fue Farouk al-Kasim, un geólogo iraquí que había visto cómo la administración del petróleo deformaba a su propio país.
La pieza más conocida llegó después: un fondo que invierte la renta en el extranjero y una regla fiscal que solo permite gastar, a lo largo del ciclo, lo equivalente al rendimiento real esperado, hoy estimado en 3 %.
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