Cuando la palabra se viste de “crisis”
Tanto se ha desnaturalizado el discurso político, que poco a poco la demagogia lo ha ido disolviendo.
Precisamente, la política en su afán de retorcer el pensamiento, desvirtuando la libre expresión, ha hecho que el discurso político se convierta en voz de frágil movilidad ante cualquier leve brisa que sople fuerte facilitando que su eco deje de escucharse y haciendo invisible el rostro de la realidad que suscribe los hechos cuestionados.
Incluso, de la realidad más alejada.
Cuando las ideologías sirven de fundamento político al discurso, sobre todo en medio de procesos político-electorales, es para encubrir razones atrapadas en mentiras de facto.
Es así como la esencia de tan desvergonzados procesos, sólo provoca ineficacia en la acción y un déficit de credibilidad en la población a la cual se dirige el discurso.
El aludido problema, no respeta fronteras, escenarios o condiciones que delimiten la caracterización del espacio y tiempo que define el lugar o situación que funcione de plaza y sirva de destino al propósito que expone el discurso en cuestión.
Alcance del problema Las comunidades que son objeto del discurso político, tienen cada vez menos confianza en la perorata que funge de razón de la oferta política pronunciada.
Estas situaciones no sólo se viven cuando la oferta electoral la disponen los partidos políticos.
Igualmente, afecta instituciones, gremios, sindicatos u organizaciones toda vez que buscan ganar indulgencia política a través de la base narrativa que sostiene en desequilibrio al discurso.
Indistintamente, del contenido de la oferta electoral expuesta.
Igualmente, este problema perturba los campus universitarios, ahora que buscan la excusa electoral para renovar sus autoridades.
Del concepto de “discurso” Un discurso representa la habilidad estratégica mejor formada.
De la misma, depende la posibilidad de convencer al elector pues de esa forma será comprendido el mensaje elaborado.
De hecho, refería Stéphane André, fundador de la Escuela de Oratoria como disciplina narrativa, que “(…) hablar bien en público no consiste en decir lo que primeramente se pensó expresar.
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