Felipe Urbaneja, nunca dejó de atajar los valores
Hay saludos que duran apenas unos segundos, pero tienen la fuerza suficiente para despertar grandes recuerdos, así ocurrió cuando tuve el agrado de reencontrarme con Felipe Urbaneja en un rincón de Ciudad Guayana.
El apretón de manos fue sincero, acompañado de una sonrisa de esas que nacen del respeto y de la amistad cultivada con los años.
Conversamos brevemente, pero fue suficiente para comprobar que el tiempo pasa, mientras la sencillez y la calidad humana permanecen intactas.
En ese instante entendí que algunos deportistas siguen siendo referentes, aun cuando el silbato hace mucho dejó de sonar.
Felipe es uno de esos guardianes del arco que defiende con orgullo los colores de su querido Deportivo 17, el tradicional club de fútbol de salón de la vía El Pao.
Cada partido representa un compromiso con sus compañeros, con su institución y con una afición que siempre cree en él.
Su pasión por este deporte continúa viva, porque todavía disfruta del fútbol de salón con el mismo entusiasmo de sus mejores años.
Quienes lo conocen saben que jamás necesitó aplausos para demostrar cuánto amaba este juego.
Su talento lo llevó a integrar la selección del estado Bolívar que representó a la entidad en los Juegos Deportivos Nacionales Sucre 1995 (JUDENASU 95).
Allí asumió la responsabilidad de custodiar el arco con serenidad, valentía y una confianza que transmitía seguridad a todo el equipo.
Aquella actuación confirmó que estaba entre los mejores porteros de su generación, no era casualidad que su nombre estuviera presente en las conversaciones de entrenadores y dirigentes cada vez que se organizaban competencias importantes.
Las invitaciones para defender a otros equipos en torneos e intercambios deportivos nunca faltaron, porque su prestigio como arquero trascendía las fronteras de Ciudad Guayana, porque donde se necesitaba un guardameta confiable, el nombre de Felipe Urbaneja aparecía entre las primeras opciones.
Sin embargo, el reconocimiento nunca cambió su esencia, ya que siempre regresaba al Deportivo 17, el club de sus afectos, demostrando que la lealtad también se juega y que hay camisetas que se llevan para toda la vida en el corazón.
En tiempos donde muchas veces se mide a los deportistas solo por los trofeos conquistados, vale la pena recordar a quienes también ganan el campeonato de la dignidad, la humildad y el respeto.
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