Quiebra de la confianza, el ciclo que no cesa
Sobra recurrir a un trillado recordatorio: los estudios de opinión suelen captar un estado de ánimo puntual, fungen como “fotografías” del momento y sus particulares pulsos.
No obstante, del más reciente informe de Datincorp (23 agosto) podría decirse que no describe simplemente el humor de un país agotado.
Quizás topamos allí con la arquitectura de una desafección que atraviesa por igual al poder y a quienes se le oponen, y que precede -y, probablemente, sobrevivirá por mucho tiempo- al propio 3E.
En ese sentido, el dato más destacable del estudio no parece ser un detalle de coyuntura, sino que más bien opera como clave para ser procesada en atención a un arco histórico más amplio.
Venezuela atraviesa un interregno político que no es fruto de una insurrección popular ni de una elección, sino de una intervención militar externa.
Sin embargo, cuando se pregunta a los venezolanos qué sienten respecto a sus nuevos y viejos liderazgos, la respuesta se asemeja mucho a la que este país ha dado en cada uno de sus grandes puntos de quiebre desde 1989.
A sabiendas de que se trata de un fenómeno no precisamente excepcional, la cíclica crisis de confianza va acompañada en este caso de una paradoja: 57% proyecta una tendencia positiva para su situación personal en los próximos 12 meses, 62% cree que el trance «se supera, pero tomará años», y 64% afirma que, si tuviera posibilidad real de emigrar, no lo haría.
Son cifras que hablan de una expectativa restaurada, algo inédito tras una década en la que encuestas regionales de referencia como el Barómetro de las Américas y los propios estudios de opinión nacionales documentaron sistemáticamente el deseo de mayorías dispuestas a irse del país.
El cauto optimismo convive, sin embargo, con un deterioro material que no ha cedido: 41% opina que las condiciones actuales son peores que hace un año, y 55% dice que la situación de su familia «se mantuvo igual», en un país donde mantenerse en mismo punto, tras una década de colapso, ya es en sí mismo un dato ambivalente.
El paisaje es el de una sociedad que se ha permitido esperar por mejores tiempos, sí, pero que, al mismo tiempo, no abandona su coto de escepticismo.
Otro hallazgo contundente en este sentido se refiere a las personas que hoy ocupan el espacio público.
Cuando se pregunta si algún líder político actual representa al entrevistado, 59% responde “ninguno”.
69% sostiene que el liderazgo político vigente «no sirve» y que hace falta uno nuevo; y cuando se pide elegir entre alguien proveniente de partidos existentes o «completamente nuevo», 66% se inclina por lo segundo; un 44%, además, precisa que ese alguien debería carecer de todo pasado político.
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