Tornado: cuando amar a un perro también significa dejarlo partir
Hace 12 años adoptamos a un perrito de aproximadamente 3 meses, era muy miedoso, los truenos, la escoba, todo…pero poco a poco se dio cuenta que no había nada que temer.
Nosotros, su familia, seríamos su lugar seguro y él el nuestro.
Creció lleno de amor, tanto, que él se transformó en amor puro, dulzura absoluta.
Pero los años pasan y no dan tregua.
Un día comenzó a respirar “raro”, babear, simplemente, estaba raro.
Lo llevamos al veterinario.
Un tumor comprometía su vida.
El veterinario solo mandó un tratamiento, pero dejó claro que era “pronóstico reservado”… esas dos palabras que dolieron como dagas clavadas.
Pequeñito… así llegó.
Creció y se transformó en un perro grande y fuerte… A lo largo de estos 12 años, nuestro Tornado amaba el mar, así que lo llevamos a disfrutar de las olas, la arena y nosotros disfrutamos de verlo feliz, correr, desbordado de alegría, como solo él sabía ser.
Es que haríamos lo que fuera necesario para hacer felices sus últimos días.
Calidad de vida.
Tras unos poquitos meses de mejoría parcial, volvió a decaer y esta vez con más fuerza.
El momento de irse, estaba aun más cerca…¿cómo se puede amar tanto a un animal? ¿Cómo se puede derrumbar el mundo en un instante? Es que ver a ese Tornado que antes era pura energía, tan apagado, decaído y entender que sufre… duele, duele en lo más profundo del corazón, del alma… desordena la vida.
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