¿Un “influencer” en Atenas?
Por las calles de Atenas camina un tal Sócrates.
Filósofo ágrafo, túnica desgastada y pies descalzos, hombre poco agraciado, según discípulos y compañeros: ojos saltones, boca grande, una nariz chata que recuerda la de un animal salvaje, todo dispuesto en un rostro que el vanidoso Alcibíades compara con el de un sátiro viejo.
Valiente en la guerra, como dado a entrenar una paciencia que le permite salir más o menos entero de la gresca privada, esa que lo encara con una esposa de temple de trueno como Jantipa.
A diferencia de otros, no cobra por conversar, y se presenta bajo la bandera de su propia ignorancia. «Solo sé que no sé nada», proclama a bocajarro para aguijonar, incomodar y poner en movimiento, igual que el impertinente tábano, al caballo aletargado y perezoso de la polis.
Paradójicamente, esta presunta carencia es su herramienta más eficaz de influencia.
Frente a la angurria de visibilidad de otros, del afán por hacerse de cualquier hueco en la atención ajena, la facultad para afectar profundamente la consciencia de otros sin que sea la búsqueda expresa de popularidad lo que la inspire, ha convertido a Sócrates en un referente en el ágora.
Sí: la Atenas democrática también hace de su plaza pública un espacio de inacabable confrontación de pareceres, de discusiones sobre el éxito y educación de la juventud, de competencia vigorosa por captar el interés de los ciudadanos.
En este espacio competitivo y polémico en el que la palabra equivale al poder, Sócrates se instala como figura pública ineludible, un verdadero creador de corrientes de pensamiento urbano enfocado en la condición humana.
Al revés de charlatanes que basan su éxito en el amplio alcance de su palabreo, en la gratificación instantánea y la monetización del discurso, Sócrates se alza como el modelo del líder de opinión al que no le importa ir a contracorriente.
Su influencia no se mide en la acumulación compulsiva de prosélitos, pues; más bien está animada por el cuestionamiento radical, la búsqueda de la virtud que junta a unos cuantos autoelegidos para debatir sobre la verdad y la justicia, mismos que han optado por la medicina del examen intelectual y no los mimos complacientes de los más.
Llamar «influencer» a un maestro como Sócrates podría rayar en inaceptable provocación, por tanto.
El sabio que se rehúsa a cobrar por enseñar, que nunca ha escrito ni escribirá una línea para hacerla circular entre el público, que morirá como un ciudadano ejemplar creyendo en la democracia y condenado por los métodos que el mismo sistema dispuso para que fueran administrados por la asamblea popular, está en las antípodas de quien hoy construye su valor social a partir del alcance masivo, el algoritmo, las olas de aprobación de los followers.
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