Capitalismo de amigos: el nuevo camino de servidumbre, por Julio César Pérez
Hay una profunda ironía en el momento histórico que atravesamos.
Las democracias occidentales, que durante décadas se presentaron como referentes de instituciones sólidas, división de poderes y Estado de derecho, asisten hoy a un giro inquietante.
Aquel ideario clásico asociado a la defensa del mercado libre, la limitación estatal y el individualismo coquetea ahora con el autoritarismo, el capitalismo de Estado y el capitalismo de amigos.
Lo más paradójico es que una parte significativa de la ciudadanía no solo lo tolera, sino que lo anhela, deseando el viejo leviatán de Hobbes.
En los últimos años, la nueva derecha populista ha optado por concentrar el poder, ocupar las instituciones y someter los contrapesos institucionales a la voluntad del líder.
Esta corriente, en auge global, sufre una involución que instituciones como V-Dem sitúan ya en el terreno de las democracias defectuosas, un diagnóstico que hoy alcanza a los propios Estados Unidos.
Dejo deliberadamente fuera otras variantes autoritarias, tanto de izquierda como de las derechas tradicionales, porque ya las he abordado en otros escritos.
El foco de este escrito está aquí, en esta derecha iliberal que desprecia los principios democráticos y exhibe instintos profundamente personalistas: líderes fuertes que se imponen y debilitan los cimientos institucionales.
Frente a este retroceso, conviene recordar lo que el liberalismo ya advirtió.
El liberalismo clásico siempre desconfió del poder personal.
No es casual que Friedrich Hayek defendiera con firmeza la necesidad de limitar el poder coactivo de los gobiernos.
Para él, el liberalismo no era un mero programa económico, sino una concepción donde el individuo está protegido frente a la arbitrariedad.
En Camino de servidumbre, escribió que el hombre es verdaderamente libre si obedece a las leyes y no a la voluntad de personas concretas.
Esa distinción es clave: el culto al líder es exactamente lo opuesto al ideal liberal.
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