De resentimientos a traiciones: una historia sin fin, que tendrá final, por Justo Mendoza
Arturo Uslar Pietri era economista: para 1989, como él pocos para interpretar la crisis económica y desbarajuste fiscal que recibió Carlos Andrés Pérez del presidente Jaime Lusinchi, con reservas en el Banco Central de poco más de 300 millones de dólares.
Joven, al aristócrata caraqueño –toñeco de la dictadura de Gómez y los regímenes herederos del autoritarismo, de López y Medina, que poco querían con la democracia– le atrajo la política y supo de sus altibajos y sinsabores.
Para el entonces de la crisis institucional de finales de los ’80 bien conocía sobre el derrumbe económico venezolano, de los sables alebrestados y de la reacción del conservadurismo rancio que bien representaba Rafael Caldera, Burelli y él.
Todos lo sabían, y más, todos tenían un cable conductor común que bien justificaba echarle leña al fuego bajo la bellaquería del sentimiento por el “pueblo pendejo”, que juntaba el cinismo castrista y el resabio renegado de las viudas del 18 de octubre de 1945, con la ambición, aún frustrada de Caldera, de volver a ser presidente.
No menos cierto es que también sabía que el partido del presidente Pérez –Acción Democrática– vivía su peor momento como organización calificada para ser soporte de un cambio reclamado tanto en lo económico como en lo institucional, donde la ambición parcelaria por cuotas de poder era amenazada por quien desde Miraflores estaba dispuesto a descentralizar el poder, despartidizar la Corte Suprema y reoxigenar el agotado proyecto democrático que reinició Rómulo Betancourt en febrero de 1959.
Era lo de CAP II una reconversión político económica, no prevista, que venía en su equipaje programático conocida como El Gran Viraje. ¿En lugar de la conspiración, pudo el culto novelista, difusor de los valores humanos, tomar lo que su propia prédica enarbolaba ?la civilidad democrática- y darle un valor agregado a la imparable reforma del Estado? Si, pero prefirió tomar la trocha tortuosa de la venganza política contra AD y contra CAP, con la pasividad complaciente ¡Que ironía! de Alfaro Ucero, y otros en el propio partido del conspirado.
Bien sabía Uslar que esa tramoya sediciosa se podía “llevar en los cachos” el sistema democrático, ya debilitado…y no paró o transigió por una reunión crítica de advertencia con el Presidente.
También lo sabía Caldera y Burelli.
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