Señor presidente Trump: ¿dónde quedó la revolución del sentido común que prometió?
Hay expresiones que, cuando nacen del liderazgo de la nación más influyente del planeta, no pueden desvanecerse como simple retórica de campaña.
Se transforman en compromisos públicos, en estándares éticos y en la vara con la que la historia medirá a quien las pronunció. El 20 de enero de 2025, al asumir nuevamente la presidencia, usted Sr. presidente Donald J Trump proclamó el inicio de lo que bautizó como «la restauración completa de América y la revolución del sentido común». Aquel concepto resonó con fuerza y a mí en lo personal me pareció poderosa porque el verdadero sentido común trasciende las etiquetas políticas.
No pertenece a republicanos ni a demócratas; no es patrimonio de la derecha ni de la izquierda.
En su formulación más honesta, el sentido común es — la capacidad de confrontar la realidad sin sesgos, evaluar los hechos con objetividad y actuar con lógica, proporcionalidad y apego a la verdad — . Sentido común es entender que las leyes se aplican caso a caso y no mediante estigmas colectivos.
Es comprender que los intereses nacionales jamás deberían alcanzarse pisoteando los principios fundacionales de la justicia.
Y, sobre todo, es exigir que los actos de un gobierno guarden una estricta coherencia con las palabras que utilizó para justificarlos. Por eso, señor presidente, hoy le escribo desde una profunda y legítima perplejidad.
Como venezolano que reside, trabaja y tributa en los Estados Unidos, y que ha seguido milimétricamente el destino de su país de origen, veo abrirse un abismo insalvable entre el discurso y los hechos. ¿Es esto, señor presidente, la revolución del sentido común? La primera contradicción: Documentados en los hechos, criminalizados en el discurso Durante décadas, Venezuela fue un proveedor energético confiable para los Estados Unidos.
Cuando el mercado estadounidense lo requirió, los hidrocarburos venezolanos mantuvieron en marcha sus refinerías y alimentaron su economía.
Hoy, la diáspora venezolana que llegó a este país huyendo del colapso no vino a pedir dádivas: vino a trabajar, a aportar talento técnico y profesional, a fundar empresas y a reconstruir sus vidas en un marco de orden. Por eso resulta un insulto al sentido común elemental la ligereza con la que se califica genéricamente de «indocumentados» a decenas de miles de venezolanos que han seguido escrupulosamente los canales legales.
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