La justicia no es un lujo
Hay una idea que circula con frecuencia en las conversaciones sobre la Venezuela que viene: que la justicia es un lujo que un país en ruinas no se puede permitir.
Que primero hay que reconstruir, y que exigir responsabilidades es una distracción —o peor, un obstáculo— para la reconciliación nacional.
Esa idea es un error.
Y es un error peligroso, porque confunde dos cosas que no tienen nada que ver: la justicia y la venganza.
Ser venezolano es creer que puede haber un futuro mejor.
Es también comprender que todos podemos equivocarnos y que tenemos la capacidad —y muchas veces la obligación— de rectificar.
Hay errores admisibles: decisiones equivocadas, apreciaciones que el tiempo demuestra falsas, actuaciones de las cuales podemos arrepentirnos.
Una sociedad democrática debe saber aceptar la rectificación.
Pero hay conductas que son harina de otro costal.
Cuando se actúa sabiendo el daño que se ocasiona al país y, sobre todo, cuando se hace reiteradamente para obtener beneficios personales, ya no estamos ante un error sino ante una decisión consciente que debe generar responsabilidades.
No se exige que todos seamos buenos samaritanos, pero tampoco podemos pretender que en la reconstrucción de Venezuela se aplique indiscriminadamente aquello de borrón y cuenta nueva.
Un país serio aplica la ley.
Quien la infringió debe responder ante la justicia, con todas las garantías que esa misma ley establece.
Porque pocas cosas hacen tanto daño a una sociedad como la impunidad y la convicción de que actuar mal nunca tiene consecuencias.
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