Casi dos meses después de los sismos, La Guaira se debate entre precariedad y resistencia
EFE Entre las ruinas de edificaciones y el paso de la maquinaria que remueve los escombros, casi dos meses después de los potentes terremotos del 24 de junio, en el estado Vargas la rutina se ha abierto paso entre centenares de carpas en las que imperan la precariedad y la resistencia.
En menos de 60 días, no solo ha cambiado el paisaje; la realidad se escribe para muchos en albergues y refugios improvisados, mientras crecen los llamados a prepararse para El Niño, un fenómeno climático que amenaza con no dar una tregua a quienes perdieron todo después de que la tierra se sacudiera dos veces, causando hasta ahora casi 6.500 muertos.
Nuevo ecosistema A punta de donaciones privadas, de la comunidad internacional y algunos apoyos estatales, los habitantes de los distintos campamentos en la localidad de Catia La Mar han levantado un ecosistema con comedores comunitarios, duchas improvisadas, tanques para recolectar el agua proveída por cisternas e incluso emprendimientos.
El llamado ingenio criollo ha permitido ‘pequeños lujos’, como la instalación de equipos de aire acondicionado o ventiladores que algunas personas han podido rescatar de sus pertenencias para instalarlos en las tiendas de campaña.
Esas estructuras donadas por China se han convertido en hogar de los afectados por el doble terremoto, pero también en escuelas, lugar de trabajo y centro de reunión.
Y aunque están en lo que parece un lugar seguro para ellos tras el terremoto, no lo es tanto en medio del intenso calor o la lluvia.
Así quedó en evidencia el pasado sábado, cuando un aguacero que cayó sobre Caracas y La Guaira los puso en emergencia.
“Tuvimos pérdida de colchones, de cuestiones así, de efectos personales”, explicó a EFE Germán Machado, de 58 años, habitante del campamento César Nieves, un espacio improvisado en los alrededores de un estadio de béisbol en Catia La Mar.
“Se vivió un momento de angustia, porque venimos del terremoto y después de esa lluvia, bueno, imagínate, son cosas incontrolables”, añadió.
Los efectos no fueron duraderos, ya que con temperaturas superiores a los 30 grados centígrados y un sol implacable, gran parte de las calles y los colchones se secaron 24 horas después.
“Lloré mucho” Otra de las afectadas fue la “Escuela Urimare”, que funciona bajo carpas y terminó anegada después del torrencial aguacero.
“La lluvia fue muy fuerte y, bueno, los dos toldos principales se partieron y se cayó la lona y perdimos muchos materiales muy apreciados, porque cada granito que hay acá es traído por ángeles muy especiales que Dios manda.
Y bueno, lloré mucho”, contó Jazmín Urimare Ramírez, una maestra y paciente oncológica fundadora del colegio.
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